¡Hola de nuevo amigos de mi blog! Como desde hace algún tiempo quiero compartir con vosotros una manía que observo está muy extendida y creo no nos hace ningún bien, considero que ha llegado el momento de que os la exponga y como siempre, lleve a la reflexión. Me refiero al modo en el que a veces calificamos a los demás, utilizando los reproches.
Os pondré un ejemplo que enseguida vamos a entender, sobre todo los adultos que con quien más solemos atrevernos a actuar así, es con los más pequeños, que curiosamente también son los más indefensos. ¿Cuántas veces les habremos dicho eso de, “ya te lo decía yo”? O eso de: “¡Es que siempre estás igual!”, o peor, “¡Nunca cambiarás!” Y así podría seguir y seguir con reproches que más que ayudar, ANIQUILAN.
Los reproches en realidad suelen ser ocasionados por una frustración de aquel que lo utiliza, al sentir que se ha podido dar una injusticia, pero este modo de actuar parece negativo y a nadie le gusta ser víctima de ellos. No solo se puede crear inseguridad a aquel que se le propina el agravio, sino que además se fomentan más momentos de tensión e incluso aversión hacia la persona que recrimina, perdiendo credibilidad. Todas las partes pierden.
El reproche es en cierta manera una forma de violencia en la vida cotidiana, cuando se produce un intento de imposición al exigir a la otra persona que sea como nosotros queremos, sin tener en cuenta sus deseos ni sus posibilidades. Podría también decirse, por tanto, que es un modo de manipular al otro, para que hagan o digan lo que nosotros queremos. Sin embargo, el resultado suele ser muy diferente y si no se cambia la estrategia, se podría incluso destruir una relación.
Por desgracia, casi todos hemos estado expuestos a ellos, desde bien jóvenes, y de manera espontánea les utilizamos demasiado a menudo, tanto que dañamos sin darnos cuenta, en lugar de intentar transformar un error en otra posibilidad, que lleve al entendimiento y la resolución.
Sin duda, un primer paso es darnos cuenta de que lo hacemos, y quizás posteriormente, intentar buscar una alternativa que no dañe y sí muestre, aquello que creemos podría mejorarse.
Por esta razón, me refiero a este hecho, para promover más el diálogo sosegado (mordiéndonos la lengua más a menudo), cuando nos sintamos frustrados ante algo “mal hecho”. Quizás hablarnos con educación sin tener que meter esas desagradables muletillas, pueda mejorarlo todo y dar ejemplo de ello a nuestros pequeños, que copian más lo que hacemos que lo que decimos.
En conclusión, que seguro que podemos hallar alternativas más pedagógicas donde intervenga un dialogo cuyo objetivo muestre las consecuencias de lo que pretendemos inculcar, dejando a un lado aquello que NO VAMOS A REPROCHAR.
Os animo a ello y como no, me animo a mí misma a probarlo. Seguro que todos salimos ganando.
LOVE, Carmen