Pero porqué abriría yo la boca…

Página 31 del libro, diálogo entre la protagonista, presidenta del gobierno español y un sacerdote, tras un discurso algo polémico que, ésta, dió en Salamanca y donde el tema de la religión sin propiciarlo directamente por la presidenta del gobierno que da la charla, queda casi excluido.

―Yo solo entiendo que el fanatismo religioso no admite a homosexuales, entre otros miembros de la sociedad, por no hablar de la cantidad de acontecimientos injustos en la vida que ese Dios permite.
―¡Siempre echando la culpa de lo que hacemos a los demás! No creo que Dios haga injusticias, ni que seamos nosotros los mas apropiados para juzgar lo que desconocemos. Y con respecto a los homosexuales, Cristo no los condena, y Él es el que ha dado término a la ley, porque es el que puede hacerlo al ser Dios mismo. ¡Ve como no ha leído a Cristo!
―No se ha parado a pensar que quizá sea todo una falacia, que un buen hombre llamado Jesús, con una considerable pedrada en la cabeza, hizo creer a sus discípulos deseosos de vivir la experiencia que Éste les prometía. Él muere, desaparece su cuerpo y deciden exagerar sus testimonios para darles más credibilidad, pero la realidad es que Dios es, si existe, un terrateniente al que no todos le importan.
El padre Ángel, permanece unos instantes pensando cuál puede ser el motivo por el que llega a tales conclusiones, para exponer la mejor respuesta.